La tierra y su identidad

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Nombrar algo es sinónimo de apropiación, de significado. Como cuando se le da nombre a una parcela, que al ser bautizada crea una distinción con respecto a las demás y adquiere un sentido más amplio.

Todo nombre tiene una historia. El azar, las anécdotas, los gustos, los homenajes, los deseos y demás han servido para bautizar muchas fincas. En ese sentido, es normal que sus propietarios cuelguen letreros grandes que reafirma la posesión de la tierra y establecen su lugar en el mundo.

El nombre hace que un lugar sea identificado por los demás. Como cuando se busca una dirección en el campo y no se aporta nomenclatura sino referencias. Allí se pregunta por ‘El Paraíso’, ‘El Edén’, ‘La casa en el aire’, ‘Los Nietos’, ‘El fin del afán’, etc, o en otros casos por el propietario.

Esto también sucede con frecuencia en la literatura colombiana. Manuel Mejía Vallejo llamó su novela más célebre, La Casa de las dos Palmas, recordando las grandes casas de la colonización antioqueña. A su vez Jorge Isaacs, autor de María, se inspiró en los paisajes de la Hacienda el Paraíso para su novela.

De ahora en adelante cada que veas el nombre de una finca, pregúntate por los motivos que tuvo el dueño para llamarla así. Y luego imagina cómo y por qué llamarías tú a tu futura parcela.

Estas y otras evocaciones podrás vivirlas en Plaza Mayor del 4 al 8 de abril en una finca que ya tiene su nombre: Expofinca, donde encontrarás lo mejor del campo en la ciudad. ¡Te esperamos!